06/09/09

El último Merodeador (XIII)

Hay un pequeño hommage a cierta mujer besada por el fuego en este capítulo...

-----------------------------

Aunque se empeñó en esconderlo lo mejor posible, aún el bulto que hacía bajo su capa era un poco evidente. Bajó las escaleras con sus compañeros hacia el recibidor, que bullía de voces y risas juveniles. Vio a Violette Smither ponerse polvos sueltos sobre la nariz pecosa, allí donde el sol había hecho aparecer más de las deseadas. Ella fue la primera chica que lo besó, en segundo, junto al sauce llorón del prado este, y él creía que era amor verdadero. Después se dio cuenta que lo único que ella deseaba eran los dos galeones que se había apostado con sus tres inseparables compañeras de Hufflepuff.

También vio a Silence Whitby, que se alisaba las inexistentes arrugas de la túnica. Con ella…
El rubor le subió a las mejillas.

Con ella no estaba demasiado seguro de qué había hecho. Habían jugado a las tinieblas, como los demás en aquella fiesta, habiendo bebido cervezas. Cerveza de adultos, no cualquier cerveza. De repente los dos estaban en el armario, fuera había mucho barullo festivo, y ella le susurró que nadie se enteraría de nada. Él estaba muy excitado. La muchacha olía muy bien.



Un rato después, cuando ella salió de allí, se sintió terriblemente avergonzado. Aunque lo bueno fue que ella se lo había tomado con pasmosa naturalidad. Casi sorprendente. Y decididamente embarazoso. Así que, al salir discretamente de la oscuridad y esconderse en un cuarto, después de que la bruma alcohólica le abandonara, no pensaba demasiado en ello porque no quería figurarse qué era lo que realmente había pasado. Le daba demasiado azoro.

Y había habido algunas más. Un par de compañeras del colegio, pero también aquella muggle que había sido su vecina en Bristol. Se mudaron unos meses después de llegar, porque el trabajo de su padre se lo exigía. Y allí se quedó ella, toda fuego y chispas, toda magia.

Veía la magia en todos los sitios. Le encantaba leer libros de fórmulas, proporciones y volúmenes, sentada en el alféizar de la buhardilla. Le explicaba a Remus cómo funcionaba la naturaleza, la tecnología, el cuerpo humano, los seres artificiales. Decía que aunque se pudiese encontrar explicación a cómo y por qué existían las cosas, no dejaban de ser menos mágicas. La magia residía en cómo nosotros podíamos desentrañar los misterios de lo que nos rodea.

A veces se acordaba de ella en las clases de encantamientos, cuando lograba cambiar la naturaleza de una caja de clavos para convertirla en un pequeño robot metálico que caminaba a cuerda. Mirando la pizarra de la profesora McGonagall veía líneas, palabras entrelazadas, laberintos de conocimiento, y le recordaban las fórmulas matemáticas con que aquella muchacha explicaba el movimiento de los planetas… pero ambos objetos finales compartían una misma naturaleza aunque hubiese cambiado su forma. Conseguir mutar su aspecto, como hacían los muggles del oriente con una sola hoja de papel, eso era la magia para los seres mágicos.



Recordaba los tres besos pequeños en la cabaña de las herramientas, y su mano fría en la palma cuando se escaparon para ir a ver las Perseidas. Él le contó la historia mitológica de donde venía aquel nombre, y ella le habló de principios químicos y físicos que conformaban la naturaleza de las estrellas. De buena gana hubiera encendido chispas de colores con la varita para ella, para que inventase constelaciones, pero era demasiado peligroso para su futuro usar la magia banalmente ante muggles.

Se habían escrito un par de cartas, pero sabían que aquello ya no tenía sentido. Cuando él se mudó, no se dijeron adiós.
La distancia hacía imposible la magia, y el transcurrir de la vida les hizo mirar hacia delante. Pero había sido hermoso encontrar la magia en alguien que no la podía usar... o al menos eso pensaban los ‘mágicos’...

Y allí estaba ella. Toda fuego, como la muchacha de Bristol. Ese cabello rojo y encendido como las antorchas en la noche. No lo vio hasta que había descendido todas las escaleras y Peter la llamó a voces.
No tuvieron tiempo de intercambiar más que un saludo y una frase antes de que les llamaran para que ocupasen sus puestos. El fotógrafo colocaba en la hierba ante las escaleras de entrada su enorme cámara.

Los alumnos al centro de la foto estaban inquietos. Remus sabía que el colegio no estaba nada contento con los recientes actos de vandalismo que las casas de Gryffindor y Slitherin se habían intercambiado las últimas semanas, y que incluso llegaron a permear al consejo de padres y habían provocado más de una desavenencia. Así que en la foto anual, las dos casas debían mostrarse en el centro de la foto, en un fingido gesto de unidad.
Lupin se sonrió pensando que algunos de los actos más famosos de vandalismo los habían perpetrado los merodeadores. Uno de ellos, el de los cordones trampa, incluso había aparecido en la nota de prensa de ‘El Profeta’.

Intentaron no ponerse inmediatamente junto a las filas de Slytherin, y permanecieron lo más juntos posible para la foto. Cuando todo parecía listo, deslizó las cuerdas hasta las manos de sus compañeros y asió la suya con fuerza, tratando de no echarse a reír. La foto de la concordia iba a ser publicada en la contraportada del periódico.
Luz, sonido, volumen y movimiento. Cada uno se encargaba de una parte al tiempo en que tiraban de las cuerdas del proyector. Nada podía salir mal.

Pero salió mal.

La ilusión óptica diseñada para salir desde el dispositivo bajo la capa de Remus estaba hecha para aparecer de cara al fotógrafo, y que al apretar el disparador todos los alumnos aparecieran extrañados, divertidos o sorprendidos por el miedo del hombrecillo, mientras que en la película mágica de la cámara se vería un enorme y horripilante león rugiéndole a los lectores.

Remus había colocado al revés la pieza de proyección.



Todo fueron gritos, terror y cuerpos corriendo o echándose a tierra. Varios hechizos de profesores chocaron en el cielo con un estruendo atronador, atravesando el holograma, antes de darse cuenta de la broma. Uno de los alumnos de primero de Ravenclaw vomitó sobre la hierba de puro terror.
Nadie se reía. Tardaron un buen rato en reunir de nuevo a los aterrados alumnos, que habían huido por el jardín, el castillo o hacia el lago. El profesor Slughorn no podía apagar las llamas mágicas que consumían su túnica, restos del hechizo de la profesora McGonagall contra el atacante ficticio, así que tuvo que quedarse en paños menores ante sus alumnos mientras veía cómo los brocados se deshacían en llamas azules.

Los cuatro se habían quedado pasmados. James incluso asía con fuerza su varita, la impresión casi le había hecho olvidar que aquel engendro del averno era sólo una ilusión, además creada por ellos. Sirius parecía un fantasma de lo pálido que estaba, aunque al ver que la jefa de su casa avanzaba hacia ellos con pisadas iracundas, recuperó la compostura.

― Ya os dije que ese grito de sirena entre el rugido sería el punto que marcaría la diferencia.

Subieron las escaleras entre insultos y ánimos, custodiados por el cuerpo docente. Alumnos y alumnas se recuperaban lentamente de la impresión. Varios estudiantes de los primeros cursos lloraban en los escalones, consolados por algunos de los mayores. Ya no importaba quién era de la casa de quién, pensó Remus mientras observaba la escena. Había un muchacho de Slytherin que consolaba a dos niñas pequeñas de Ravenclaw, y una chiquilla de Hufflepuff que trataba de convencer a un chico mayor de Gryffindor de que la herida que tenía en la rodilla se curaría pronto.

‘Ahí lo tenéis’ pensó con melancolía Remus ‘ahí tenéis vuestra unidad estudiantil’.

No pensaba contarle a nadie que había visto a Snape abrazando a Lily, que lloraba.

03/03/09

Angry

¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaagh!!
¿Por qué tengo tanta hambre de algo que se me niega? Dame la vida o déjame morir, pero no me dejes en el blanco, en el vacío, en la nada, en la indiferencia.
Porque mi cerebro está loco, ¿sabes?

09/02/08

El último Merodeador (XII)

Pues, chiquillas, un fragmento recién salido del horno. Que hoy me sentía yo inspirada, qué queréis. Y bien larguito para que os quedéis satisfechas. Hale, a leer y criticar ;)

-------

La snitch le pasó frente a los ojos por enésima vez. Trató de atraparla con una mano perezosa, pero nunca había servido demasiado para el quidditch. La pelotita dorada zumbó lejos de su alcance, y fue a revolotear alrededor de la cabeza despeinada de Sirius, que hojeaba los múltiples pergaminos de una carta sentado encima de su cama.





Remus volvió a sus apuntes. Se creía capaz de llegar más allá con aquella receta de pociones. Si añadía raíces de asfódelo a la mezcla, pero en una cantidad muy escasa y calculada, ejercerían un interesante efecto sobre la piel. Y con un poco de carne de ortiga el sabor no se percibiría, aunque ahora tenía que encontrar un decolorante compatible con todos aquellos ingredientes y que no hiciera el filtro indigesto.
Se rascó detrás de la oreja con la punta de la pluma. Había algo en todo aquello que no encajaba, y tardó un buen rato en darse cuenta.
― ¿Sirius?
Esperó una respuesta que no llegó.
― Sirius…
Alzó la mirada hacia su compañero, y vio algo en sus ojos que no le gustó nada. Era furia, era decepción, era rabia, era tristeza… era una gigantesca y oscura impotencia. Suspiró levemente. Seguro que aquella carta era de su madre.
― No te preocupes, Lunático ― susurró Sirius, recuperando la compostura ―. No me obligarán a volver a casa en Navidad. O eso es lo que interpreto entre todo el odio que escupe mi madre en este manojo de basura…
Observó cómo Sirius acercaba los pergaminos doblados a la punta de su varita, y cómo las llamas azules los devoraban sin hacerle daño.
― ¿Te quedarás en Hogwarts?
― Qué remedio… volveré a intentar destapar el pasadizo detrás de la pintura de Viola la Benévola, a ver si realmente conduce a la chimenea de las cocinas… Supongo que tú te irás a tu cubil, ¿verdad?
― No estoy muy seguro ― respondió Remus, volviendo la mirada hacia sus apuntes y garabateando un ‘dos cucharadas’ junto al jarabe de arce ―, sé que mi padre quiere viajar hacia el sur otra vez, a Francia, y seguramente mi madre iría con él.
― Francia… ― Sirius se recostó en la cama con languidez, poniéndose las manos en la nuca ― ojalá mi hermano se hubiese quedado en aquel internado estúpido y esnob en vez de volver con nosotros del viaje a París. Todo sería más fácil. O en aquella academia de Roma, donde no dejaban hablar. Ahora sería un estúpido igualmente, pero al menos se mantendría en silencio.
― Así que creo que me quedaré a aguantarte en Hogwarts ― susurró Remus.
― ¡Vete a Francia, no seas bobo! ― una sonrisa feral le creció en los colmillos a Black ― Las chicas son un poco remilgadas, pero son muy bonitas. A lo mejor así podrías irte de esta escuela y conseguir una plaza en uno de sus colegios con habitaciones mixtas…
― Ya me gustaría ― suspiró Lupin ―, pero no me está permitido viajar. Prefiero decirles a mis padres que me quedo aquí, y al menos ellos disfrutarían de Francia.



Unos toques suaves en la madera de la puerta interrumpieron su charla.
― Adelante, está abierto ― gritó Sirius sin delicadeza en dirección a la puerta. Ni siquiera se irguió de su postura relajada cuando vio entrar a Lily.
― ¿Es que aquí nunca abrís las ventanas?
Se desprendió del chaleco de punto que llevaba, asfixiada por el calor de la leonera.
― James no quiere que se le escape la snitch. Es la que nos dio la victoria en el último partido frente a Ravenclaw ― Remus se echó a un lado, dejando un hueco junto a él en la alfombra donde se sentó Lily ―. Y aunque no le guste admitirlo, le costó horrores atraparla.
Sentía la mirada de Sirius clavada en su nuca. Sabía que a Black no le gustaba que hablase con aquella naturalidad de cosas personales del grupo a alguien ajeno a su círculo, pero es que no podía evitar sentirse cálidamente familiar con Lily. Y a Sirius también le irritaba la naturalidad con que Lily entraba en aquella habitación, invadiendo un espacio que había sido completamente privado para el grupo de compañeros.
― Aún no hemos llegado a esa lección ― apuntó ceñuda Lily, señalando la mezcla que Remus garabateaba en el pergamino ― ¿O es que quieres adelantar a tu tutora, gamberro?
Remus sonrió tímidamente mientras cerraba un poco el pergamino, avergonzado por la admiración que se escondía en las palabras de la muchacha. Se sentía tan seguro de sus conocimientos después de las clases con Lily que incluso había ayudado a alguno de sus compañeros. Ella permeaba hasta convertirse en una confianza cálida.
― No es eso, es que… es un secreto…
― Un secreto… ― Lily se acercó a él, tratando de arrebatarle el pergamino. Remus se zafó como pudo, azorado por el pudor y la diversión simultáneamente, escondiendo el papel bajo la cama, donde Lily no podría alcanzarlo ― ¡Cuéntamelo! Me encantan los secretos.
― ¿Te gustan los secretos?
Sirius se inclinaba en el colchón. Los mechones de cabello oscuro le enmarcaban el rostro aún un poco demacrado, dándole un aspecto misterioso.
― Conozco un pasadizo detrás de la tercera armadura del pasillo de runas antiguas, la que tiene hipo, que…
― Vale, Black, no me cuentes historias ― respondió Lily con sarcasmo ―. Conozco todos los rincones donde tipos de tu calaña van a enrollarse con chicas fáciles. No me interesa, gracias.
Sirius se quedó muy quieto, con los labios pálidos apretados. Remus pensó por un momento que contestaría vulgarmente a Lily, o haría alguna de sus extravagancias mágicas y ella acabaría batiéndose contra sus maleficios de cabello grasiento parcialmente perpetuo, o algo así. Pero no hizo ninguna de aquellas cosas. Simplemente se levantó, digno a pesar de aún llevar el pijama, y caminó con desdén hacia la puerta.
― Aquí hace demasiado calor. Voy a algún sitio donde se pueda respirar ― se estiró como un gato mientras desaparecía por la puerta ­―. Y tú, Remus ― susurró ya casi en el pasillo ― no le hagas demasiado caso a esta amargada, o acabarás siendo tan borde como ella.


Cerró con un portazo. Lily bufó.
― No lo soporto. De verdad. No sé qué os fascina tanto de él, es un prepotente chulesco que…
― No.
Remus bajaba la mirada hacia la alfombra. Lily comprendió que había metido la pata. Por muy mal que le cayera Sirius, seguía siendo el amigo de Remus, no debería haberle hablado de aquel modo. Sonrió suavemente para aflojar la tensión.
― Entonces… ¿no me vas a enseñar esa receta?
Remus le explicó que se trataba de una broma. En una semana celebrarían el cumpleaños de James, y quería regalarle una tarta con truco. Pretendía imbuir diferentes pociones en las raciones, para que a los invitados y al cumpleañero les saliesen, por ejemplo, orejas de conejo u ojos en la frente por un rato.
― ¿Y qué piensas poner en la porción de James?
― Bueno, yo… había pensado que estaría bien… la vieja mezcla B55…
Lily se echó a reír con carcajadas tintineantes. La mezcla B55 aturdía de tal manera que quien la ingiriera hablaría como un borracho y se movería zigzagueando durante un buen rato, aunque se sintiese perfectamente normal. No comprendería por qué la gente se reía de él hasta que se le pasasen los efectos y le volviera la conciencia de realidad. Remus sabía que aquello le iba a parecer terriblemente hilarante a James.
― Déjame ver, anda…
Le alargó el pergamino, y le explicó lo de las raíces de asfódelo y el problema con el sabor de la neutra carne de ortiga.

- Si quieres puedes venir... Va a ser en la octava planta, en la sala vacía de ingredientes...
Remus se sonrojaba detrás del pergamino que Lily estaba sosteniendo. Lily se quedó pensando por un momento, y cuando estaba a punto de responder, alguien abrió la puerta con estrépito.
James entró tambaleándose y completamente empapado. Detrás venía Peter, llevando la escoba y uno de los brazales de la armadura de quidditch, y chorreando también.
― James…
Remus se levantó como un resorte y se acercó rápidamente a su amigo, que se quitaba las gafas al tiempo que se derrumbaba en un sillón junto a su cama.
― Pero… James…
― No te preocupes, Lunático ― susurró Potter, tapándose los ojos con una mano ―, esta sangre no es mía.
― Qué… ¿qué es lo que…?
― Utopia Clemens ― respondió Peter, que sacudía la escoba con cuidado encima de la estufa para quitarle las gotas de lluvia ―, una bludger le rompió la nariz. Estaba tan dolorida que no podía andar. Sangraba como si no se le fuera a agotar la sangre nunca, ha sido repugnante… así que James la ha llevado en brazos a la enfermería. No veas cómo lloraba la pobre cuando le han colocado los huesos, y menos mal que James ha estado con ella todo el tiempo, porque no quería que la tocaran. Cuando ha chillado así parecía…
― Cállate, Peter ― susurró James, aún con los ojos tapados ―… ahora está bien. La señora Pomfrey dice que podrá jugar el próximo partido.


Lily se había puesto en pie recatadamente, semioculta por una de las columnatas de la cama de Sirius, y tenía las manos cruzadas en el regazo, sobre la falda, con una expresión de terrible congoja. James parecía no haberla visto al entrar.
Potter se puso en pie y se arrancó con un brazo la camiseta, mientras sacudía la cabeza fastidiado para ahuyentar la humedad del cabello. Su espalda relucía bajo la luz del atardecer. Definitivamente, pensó Remus con una pequeña sonrisa, no ha visto a Lily.
Y nada más arrojar aquella camiseta al montón de ropa sucia del rincón junto a la puerta, ésta se abrió una rendija. Unos ojos azules y pequeños se asomaron por el huequecillo.
― Se… ¿se puede? ― era una vocecilla femenina, que no se atrevía a abrir más la puerta ― ¿Lily? ¿Lily, estás ahí?
― Entra, monada ― dijo James, con su tono desenfadado de siempre ― que no te vamos a comer…
― Sí, Etta, estoy aquí ― anunció Lily con voz potente. El aturdimiento que parecía haberla embargado hacía unos segundos se había despejado de golpe. Cruzó la sala con pasos resueltos. James se había pegado tan susto que había vuelto a caer sentado en la butaca, y se cubría el pecho desnudo cruzando los brazos y metiendo las manos en las axilas.
― E… ¿Evans? ― chilló con voz aguda ― ¿Qué demonios…?
― Te… te buscan en la entrada ― susurró la voz tras la puerta, avergonzada ―. Tienes que bajar, está ahí sentado y dice que no se moverá hasta que salgas…
― Ya voy, ya… ― Lily abrió la puerta de par en par para salir, con lo que James se hundió aún más en el sillón ― Bueno, Remus, creo que deberías probar con unas gotas de adularia. Y sí, acepto tu ivitación, al menos para reírme un rato de quien yo me sé. Hasta luego ― se despidió mirando hacia ningún lado en particular. Y salió dando un portazo, como antes hubiera hecho Sirius.
Remus se apoyó en el sillón de costado. Estaba muy bonita cuando se enfadaba, pero más bonita estaba tan enfadada y tan ruborizada como en aquel momento.
― Lunático ― susurró James, que recuperaba poco a poco la compostura ―… te voy a matar…
― Guárdate la ira ― Sirius entraba por la puerta muy enfadado, con el rostro hundido en sombras ―. Si no es suficiente con que la Señora Gorda nos toque las narices con las contraseñas a la entrada, ahora resulta que este rellano del séptimo piso es hogar de acogida de las peores alimañas.
Se sentó fastidiado en la cama, dando patadas a la colcha arrebujada a los pies. Como ninguno de sus compañeros pareciera comprender, cruzó los brazos y miró por la ventana.
― Le he dicho que se volviera a su guarida de ratas en los sótanos, pero el muy insolente me ha vuelto la cara. Y el muy bastardo ha desenfundado la varita cuando le he empujado con el pie. Ah, le hubiera dado su merecido si no hubiese llegado Evans a darnos voces. No entiendo por qué lo defiende… maldito Snape…
Remus cayó sentado en el brazo de la butaca, y James dejó de temblar de frío de repente. Bendijo que Peter no sujetase aún la escoba porque se le hubiese caído a las llamas.


-----

Ya sabéis lo que hay que hacer después de leer, ¿no? ¡A COMENTAR!

EXTRA:

Os dejo elegir cuál será el siguiente fragmento. ¿Pasado o Presente? Votaciones en los comentarios, después, naturalmente, de vuestras opiniones o///o

08/01/08

Ya está aquí

30/12/07

El último Merodeador (XI)

SI NO HAS LEÍDO EL FRAGMENTO DE AYER (30 DE DICIEMBRE) HAZLO AQUI

--------------------------------------------------------------

― Yo no me casaré nunca ― afirmó Sirius, echándose hacia atrás al sentarse contra las almohadas. El cabello desgreñado le enmarcaba el rostro pálido. Se había pasado toda la noche anterior enfermo, con dolores de estómago y fiebre, pero incluso las ojeras le daban un aspecto más hermoso, como si en cualquier momento pudiese desaparecer y el mundo se convirtiese en insoportable sin su arrogancia sublime.
Remus rió tras el libro de 'Algas abisales del Pacífico', observando la reacción del asombrado Peter.
― Pero... si eres el chico que más chicas atrae... ¿Es que no te gusta ninguna?
― El problema es ― respondió James, que practicaba tumbado bocarriba un encantamiento desvanecedor no verbal con el dosel de su cama ― que realmente le gustan todas.
― En realidad, no ― respondió con desdén Sirius ―. Para que te guste Hortense hay que tener estómago. Tiene una conversación horrible, y le huelen los pies a aliento de trol de pantano.
James se rió con carcajadas altas y potentes, agarrándose el estómago mientras rodaba por el colchón. Remus lo observó con calma, mientras Sirius comprobaba con una sonrisa el asombroso efecto de sus palabras en sus amigos. Peter reía también, escondiendo el rostro en el pergamino de sus deberes de Transformaciones. Pero Lupin no se reía.
― Vamos, Lunático... ― Sirius lo miraba directamente esta vez, con una media sonrisa ―, de vez en cuando no viene mal reírse un poco.
― Reírse de los demás...
― Es una broma, caray ― el gesto fastidiado de Sirius sí le dio unas pocas ganas de reír. Cuando se enfadaba se parecía asombrosamente al gruñón de su padre. El día que lo conoció, aquel hombre ni siquiera lo miró a los ojos. Al fin y al cabo, Remus era un mestizo cualquiera. Pero la amargura y la ironía de Sirius, junto con su inquebrantable amistad y entrega, actuaban como escudo ante las palabras y actitudes del señor Black.
― ¿Entonces no tendrás hijos, Sirius?
Los tres se quedaron mirando a Colagusano, incrédulos.
― Como... como dices que no te vas a casar... la cigüeña no viene si no te casas, Sirius...
Silencio.
Las carcajadas de los tres merodeadores resonaron hasta en la Sala Común, donde los pocos estudiantes que no disfrutaban de la excursión a Hogsmeade alzaron la vista de sus apuntes, terriblemente sorprendidos.
― ¡Vas a matarme, Peter! ― jadeó James, ahogado por su propia risa. Sirius comenzó a toser, primero suave e intentando contener las carcajadas, después de una forma más desesperada, hasta doblarse sobre sí mismo buscando el aliento.
― ¡Sirius!
Remus se encaramó a la cama donde Sirius, encogido por el dolor, luchaba por respirar. Le sujetó la frente en alto, mientras James acercaba un vaso de agua a toda prisa. Temblando sin control y tratando de contener la tos que le abrasaba las entrañas, bebió un par de tragos largos.
― Ya... ya...
Respiró unas cuantas veces más, profundamente, antes de que Remus lo soltase. El agua se había derramado en la colcha, pero James la hizo evaporarse en un segundo. Peter estaba de pie, pálido, a los pies de la cama.
Sirius se echó hacia delante, limpiándose el sudor de las sienes con una manga de su túnica de dormir.
― Diablos, Lunático, no llores...
James cubrió a Remus en un abrazo consolador, mientras Sirius alzaba una mano para acariciarle el cabello castaño. Lupin hipaba, tratando de contener las lágrimas.
― No ha sido nada ― susurró James ―, Sirius está bien. Hace falta más que una tos para que se calle y nos deje en paz de una vez por todas.
Pero Remus no quería escucharlos. Era todo por su culpa, todo. El hecho de que estuvieran castigados aquella tarde, cuando deberían estar jugando con la nieve en Hogsmeade. Que James no tuviese ocasión de comprarle nada a su madre por su cumpleaños. Que Sirius se hubiera pasado toda la noche despierto, solo en la enfermería, delirando, fruto de una transformación incompleta que había resultado muy dolorosa de enmendar. Que McGonagall los tuviese en un cerco cada vez más estrecho, sospechando de sus ausencias en las noches de luna llena. Que Peter se sintiera frustrado cada vez que sus compañeros se marchaban, porque era incapaz de transformarse aún.
― Remus ― susurró James, tomándolo de los hombros ―, no es para ponerse así, caray... Seguro que la próxima vez nos sale todo perfecto.
― No... no quiero que me acompañéis, nunca más.
Los tres amigos se enervaron, como si les hubiesen arrojado un balde de agua helada. Remus los miraba con desprecio, con ira. Si tenía que enfadarse con sus amigos para que dejasen de ponerse en peligro por su culpa, lo haría. Aún recordaba cómo su yo transformante había olido la carne del semihumano Sirius. Cómo un Black semitransformado, dolorido y arrastrándose, debió abandonar la habitación mientras James contenía los impulsos homicidas del hombre lobo.
También se acordaba de cómo gritó Sirius después, de cómo luchó contra las manos amigas que trataban de ayudarlo con contrahechizos que le desgarraban la piel y lo desmayaban de dolor. Tardaron al menos seis horas en devolverlo a su estado normal, y cuando terminaron estaba tan débil que no tuvieron más remedio que llevarlo a la enfermería con cualquier excusa.


Lo peor de sus transformaciones en hombre lobo eran el descontrol, el dolor, y el hecho de que recordaba con nitidez los detalles de su ira. Su padre le había dicho que aún era joven, que cuando se hiciese más mayor perdería del todo la conciencia al llegar la luna llena.
Y le daba pánico estar allí, contemplando sin poder hacer nada, dentro de sí mismo, cómo quizá el día de mañana podría despedazar sin piedad a sus amigos.
― No digas sandeces ― escupió Black, echándose el cabello para atrás ― Vamos a perdernos toda la diversión cuando tú...
― ¡PARA MÍ NO ES DIVERTIDO CONVERTIRME EN UN ASESINO!
Se sacudió las manos de James de los hombros, y corrió a enterrarse en la cama. Nadie dijo nada durante un minuto.
― Lunático...
James se había acercado en silencio. Remus pudo notar el movimiento del colchón cuando se sentó junto a su espalda.
― Vamos... sabes que si nos transformamos por completo no nos haces nada. No hay peligro. No nos sientes como criaturas humanas...
― No es necesario ― gimió Remus, encogiéndose sobre sí mismo ―, no hace falta que me acompañéis. No quiero que vengáis.
― No puedes impedírnoslo ― susurró Sirius, encolerizado ―, somos tus amigos.
― No quiero que se derrame más sangre... No quiero mataros...
― Hey, chicos ― la voz alegre de Peter se alzó por sobre los susurros y lamentos. Estaba deseando hacer algo que parase aquella situación ―. Mirad lo que puedo hacer...
Lo vieron arrugar la nariz con fuerza y ponerse rojo de concentración. De repente, los labios se le estiraron hacia delante, la nariz se le puso negra y le creció vello cálido y gris, hasta formar un hociquillo húmedo rematado por largos bigotes.
― Creo que he encontrado mi animal ― habló la boca de ratón de Peter ―, pero no es tan genial como un mastín o un ciervo... vaya lata...
Parpadeando con fuerza, devolvió las facciones a su estado normal. Sirius esbozó una sonrisa torcida, que se transformó después en una peligrosa línea de dientes blancos.
― Pero podemos conseguir muchas cosas contigo... imagina la de lugares en los que podrás entrar, la de llaves que podremos robar...
Peter se ruborizó. No había pensado en aquello, pero ahora le parecía genial transformarse en ratón. Su gesto de orgullo prendió una pequeña llama en el corazón desconsolado de Remus, que se enjugó las lágrimas.
― No te mandaremos al despacho de McGonagall, eso por descontado ― rió James, imitando un maullido y revolviéndole el cabello a Peter ―, pero trabaja duro para dentro de cuatro semanas.
― Por fin todos los merodeadores harán el animal ― sonrió Sirius, quitándose de encima las sábanas. Ya no parecía tan enfermo, porque le había vuelto el color al rostro ―. Y no creo que nos pasemos por el pasadizo del baño de prefectos esta vez...
― Al menos mientras estén las chicas de Hufflepuff... ― añadió Peter. Aún recordaba sus chillidos, y las voces de la profesora McGonagall al castigarlos sin visita a Hogsmeade.
― Podemos llevar la capa invisible ― sugirió James, mirando de reojo a sus amigos.
Todos pemanecieron callados, sopesando las posibilidades. Los ojos de Sirius brillaron al encontrarse con los de Remus, que ya se había incorporado y tenía el rostro seco.
― Te dejamos colarte con la capa si nos dejas ir contigo.
― Yo no quería...
― Ya lo sé, idiota ― respondió Sirius, sentándose en el borde de la cama y arrojándole un pastelito de caldero de los que había en el alféizar. Remus lo tomó. No se había dado cuenta del hambre que tenía ―. Ya lo sé.

------------------------------------------------

Bueno, amores, con este fragmento me pongo en el límite de 'la reserva': desde ahora, todo lo que os ponga será completamente nuevo. Así que exigidme, que trabajo mejor bajo presión ;)

Esta es la parte que más me gusta de lo que llevo escrito en el fic, aunque quizá me haya quedado un tanto blandengue. Pero lo siguiente (que ya escribí pero perdí) es más cómico, más Marauder.

Besos a todos aquellos que lo leen, y más besos para los que dejan aunque sea un 'toc-toc' en los comentarios.
Findûriel.

El último Merodeador (X)

― Dentro de dos días, a más tardar.
Lupin cerró la cartera, bastante satisfecho. Salió de la tienda, dejando atrás a un dependiente bastante asombrado. No creía que un hombre tan harapiento fuese capaz de pagar aquello, pero su deber era vender.
Se puso el sombrero al salir a la calle. Hacía un día demasiado soleado, y le avergonzaban las cicatrices de su rostro. Pensó en escribirle una carta a Harry, como hubiera pensado tantas veces en el último mes. Pero se reprimió. Cuanto menos movimiento hubiera en Privet Drive antes del día clave, tanto mejor.
Usó el autobús. Tan sólo hacía tres horas que abandonase la Casa de los Gritos, con lo que su capacidad de aparición era limitada. Se las había visto un poco crudas para aparecerse en el callejón junto al Caldero Chorreante, así que no se atrevía a llegar directamente a Grimmauld Place.
Esperando al urbano, sacó una de las manosdel bolsillo para comprobar si la gota que le había mojado la nariz era de lluvia. Una anciana le puso un arrugado billete en la palma extendida.
Enternecido y compadeciéndose de sí mismo, lo hizo materializarse de vuelta en el bolsillo del abrigo de la anciana.


Agarrado de uno de los asideros del techo, recordó cómo su padre le susurraba al oído lo genial que sería aparecerse cuando fuese mayor. La aparición conjunta lo mareaba, pero a esa edad estaba deseando escaparse un poco de sí mismo. Esperaba, inocentemente, que atrás quedase al desaparecerse un poco de su enfermedad. A los cinco años no eres tan listo.
La parada estaba a una distancia prudencial de la casa. Esperó a que el autobús hubiera doblado la esquina, inspiró hondo y se apareció en la puerta de la mansión de los Black. Nada más entrever el pomo dorado, se arrojó dentro.


-----------------------------------------

Diréis que es poco, pero es que para acabar bien el año os adelanto el regalo de reyes: o bien esta noche, o mañana por la mañana (que no curro) os pongo el último trozo que escribí. Me habéis animado a retomar la historia, ya que se me borró todo lo que escribí después de ese fragmento y me desanimé bastante... ¡¡pero gracias a vosotros me volveré a sentar en el teclado a hacer temblar a los Merodeadores!!

Besos y espero un 'toc' como que habéis leído esto... de todos modos cuelgo mañana (o esta noche) lo siguiente.

13/12/07

El último Merodeador (IX)



Unas cuantas raíces de cúrcuma después, el aroma que desprendía la poción era a chicle de melón africano. Lily leyó otras dos notas del libro de pociones, y dejó que Remus adivinase el tiempo de cocción calculando la dureza de los ingredientes.
― Creo que esto va para largo ― suspiró el muchacho, bastante satisfecho con el aspecto de la burbujeante poción. Lily le indicó uno de los rincones con un ademán suave de la mano, y ambos se sentaron sobre los escalones del piedra del estrado del profesor. Remus respiraba agitado. Estaba a punto de conseguir una poción perfecta de nivel once, por primera vez en su vida.
― ¿Te... te encuentras bien?
Lily lo miraba con preocupación. Remus se alzó un poco el cuello de la túnica, ocultando los arañazos que sabía estaban allí.
― Sí... no sé por qué lo preguntas...
Inclinándose hacia delante llevó la mirada, por el rabillo del ojo, hacia el espejo de la pared. La verdad era que sí parecía enfermo, tan delgado y tan pálido. Odiaba esas pintas de moribundo que le dejaban las transformaciones. En las prácticas de vuelo de primero lo habían apodado ‘Enclenquis’ hasta que James lo defendió.
― Seguro que hoy nos sale perfecto, ya verás, aunque te hayas perdido las clases de la semana pasada. Se nota que repasas todos los días ― sonrió Lily, echándose hacia atrás hasta quedar tumbada en el suelo de piedra, con las piernas colgando en los escalones del estrado. Remus pensó que era una gran idea, así que se tendió a su lado, sonriendo ―. Así podremos pasar a cosas más serias.
―... como la poción matalobos ― susurró una forma negra que les ocultó la luz de los ventanales mientras pasaba. Al deslizarse fuera de su campo de visión, Remus pudo ver que se trataba de Snape, cargando algunos ingredientes del armario, y una amargura caliente le inundó las manos.
― No le hagas caso...
Lily se había vuelto a enderezar, y miraba iracunda en dirección a Snape. Lupin temió que la fuera a tomar contra ella, con lo que también se sentó con rapidez, dispuesto a discutir. Pero Snape ya había dejado los ingredientes en la mesa y enseñaba a su torpe alumno cómo picar tallos sin cortarse. ¿Aquello había ido de veras, o Snape estaba dando palos de ciego a ver si acertaba por casualidad?
Lily parecía muy enfadada.
― Dichoso... Severus y sus estúpidas ideas...
Remus agachó la cabeza, pero Lily lo tocó en el hombro con una sonrisa luminosa.
― Creo que la poción que silba es la nuestra... ha madurado rápido, y huele de maravilla.
Tomó las notas que reposaban a su lado y marcó un hermoso ‘Outstanding’ en la casilla de aquel día. Remus se sonrió, abiertamente, sin importarle el dolor de las antiguas cicatrices de la mejilla.
-----------------------
Este es cortito, como el siguiente, así que más os vale dejarme aunque sea un '¡estoy aquí!' para que siga con el tema. No temáis por Snape, no estoy siendo nada offtopic, de verdad.
Besos!
Findûs