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Aunque se empeñó en esconderlo lo mejor posible, aún el bulto que hacía bajo su capa era un poco evidente. Bajó las escaleras con sus compañeros hacia el recibidor, que bullía de voces y risas juveniles. Vio a Violette Smither ponerse polvos sueltos sobre la nariz pecosa, allí donde el sol había hecho aparecer más de las deseadas. Ella fue la primera chica que lo besó, en segundo, junto al sauce llorón del prado este, y él creía que era amor verdadero. Después se dio cuenta que lo único que ella deseaba eran los dos galeones que se había apostado con sus tres inseparables compañeras de Hufflepuff.
También vio a Silence Whitby, que se alisaba las inexistentes arrugas de la túnica. Con ella…
El rubor le subió a las mejillas.
Con ella no estaba demasiado seguro de qué había hecho. Habían jugado a las tinieblas, como los demás en aquella fiesta, habiendo bebido cervezas. Cerveza de adultos, no cualquier cerveza. De repente los dos estaban en el armario, fuera había mucho barullo festivo, y ella le susurró que nadie se enteraría de nada. Él estaba muy excitado. La muchacha olía muy bien.

Un rato después, cuando ella salió de allí, se sintió terriblemente avergonzado. Aunque lo bueno fue que ella se lo había tomado con pasmosa naturalidad. Casi sorprendente. Y decididamente embarazoso. Así que, al salir discretamente de la oscuridad y esconderse en un cuarto, después de que la bruma alcohólica le abandonara, no pensaba demasiado en ello porque no quería figurarse qué era lo que realmente había pasado. Le daba demasiado azoro.
Y había habido algunas más. Un par de compañeras del colegio, pero también aquella muggle que había sido su vecina en Bristol. Se mudaron unos meses después de llegar, porque el trabajo de su padre se lo exigía. Y allí se quedó ella, toda fuego y chispas, toda magia.
Veía la magia en todos los sitios. Le encantaba leer libros de fórmulas, proporciones y volúmenes, sentada en el alféizar de la buhardilla. Le explicaba a Remus cómo funcionaba la naturaleza, la tecnología, el cuerpo humano, los seres artificiales. Decía que aunque se pudiese encontrar explicación a cómo y por qué existían las cosas, no dejaban de ser menos mágicas. La magia residía en cómo nosotros podíamos desentrañar los misterios de lo que nos rodea.
A veces se acordaba de ella en las clases de encantamientos, cuando lograba cambiar la naturaleza de una caja de clavos para convertirla en un pequeño robot metálico que caminaba a cuerda. Mirando la pizarra de la profesora McGonagall veía líneas, palabras entrelazadas, laberintos de conocimiento, y le recordaban las fórmulas matemáticas con que aquella muchacha explicaba el movimiento de los planetas… pero ambos objetos finales compartían una misma naturaleza aunque hubiese cambiado su forma. Conseguir mutar su aspecto, como hacían los muggles del oriente con una sola hoja de papel, eso era la magia para los seres mágicos.

Recordaba los tres besos pequeños en la cabaña de las herramientas, y su mano fría en la palma cuando se escaparon para ir a ver las Perseidas. Él le contó la historia mitológica de donde venía aquel nombre, y ella le habló de principios químicos y físicos que conformaban la naturaleza de las estrellas. De buena gana hubiera encendido chispas de colores con la varita para ella, para que inventase constelaciones, pero era demasiado peligroso para su futuro usar la magia banalmente ante muggles.
Se habían escrito un par de cartas, pero sabían que aquello ya no tenía sentido. Cuando él se mudó, no se dijeron adiós.
La distancia hacía imposible la magia, y el transcurrir de la vida les hizo mirar hacia delante. Pero había sido hermoso encontrar la magia en alguien que no la podía usar... o al menos eso pensaban los ‘mágicos’...
Y allí estaba ella. Toda fuego, como la muchacha de Bristol. Ese cabello rojo y encendido como las antorchas en la noche. No lo vio hasta que había descendido todas las escaleras y Peter la llamó a voces.
No tuvieron tiempo de intercambiar más que un saludo y una frase antes de que les llamaran para que ocupasen sus puestos. El fotógrafo colocaba en la hierba ante las escaleras de entrada su enorme cámara.
Los alumnos al centro de la foto estaban inquietos. Remus sabía que el colegio no estaba nada contento con los recientes actos de vandalismo que las casas de Gryffindor y Slitherin se habían intercambiado las últimas semanas, y que incluso llegaron a permear al consejo de padres y habían provocado más de una desavenencia. Así que en la foto anual, las dos casas debían mostrarse en el centro de la foto, en un fingido gesto de unidad.
Lupin se sonrió pensando que algunos de los actos más famosos de vandalismo los habían perpetrado los merodeadores. Uno de ellos, el de los cordones trampa, incluso había aparecido en la nota de prensa de ‘El Profeta’.
Intentaron no ponerse inmediatamente junto a las filas de Slytherin, y permanecieron lo más juntos posible para la foto. Cuando todo parecía listo, deslizó las cuerdas hasta las manos de sus compañeros y asió la suya con fuerza, tratando de no echarse a reír. La foto de la concordia iba a ser publicada en la contraportada del periódico.
Luz, sonido, volumen y movimiento. Cada uno se encargaba de una parte al tiempo en que tiraban de las cuerdas del proyector. Nada podía salir mal.
Pero salió mal.
La ilusión óptica diseñada para salir desde el dispositivo bajo la capa de Remus estaba hecha para aparecer de cara al fotógrafo, y que al apretar el disparador todos los alumnos aparecieran extrañados, divertidos o sorprendidos por el miedo del hombrecillo, mientras que en la película mágica de la cámara se vería un enorme y horripilante león rugiéndole a los lectores.
Remus había colocado al revés la pieza de proyección.

Todo fueron gritos, terror y cuerpos corriendo o echándose a tierra. Varios hechizos de profesores chocaron en el cielo con un estruendo atronador, atravesando el holograma, antes de darse cuenta de la broma. Uno de los alumnos de primero de Ravenclaw vomitó sobre la hierba de puro terror.
Nadie se reía. Tardaron un buen rato en reunir de nuevo a los aterrados alumnos, que habían huido por el jardín, el castillo o hacia el lago. El profesor Slughorn no podía apagar las llamas mágicas que consumían su túnica, restos del hechizo de la profesora McGonagall contra el atacante ficticio, así que tuvo que quedarse en paños menores ante sus alumnos mientras veía cómo los brocados se deshacían en llamas azules.
Los cuatro se habían quedado pasmados. James incluso asía con fuerza su varita, la impresión casi le había hecho olvidar que aquel engendro del averno era sólo una ilusión, además creada por ellos. Sirius parecía un fantasma de lo pálido que estaba, aunque al ver que la jefa de su casa avanzaba hacia ellos con pisadas iracundas, recuperó la compostura.
― Ya os dije que ese grito de sirena entre el rugido sería el punto que marcaría la diferencia.
Subieron las escaleras entre insultos y ánimos, custodiados por el cuerpo docente. Alumnos y alumnas se recuperaban lentamente de la impresión. Varios estudiantes de los primeros cursos lloraban en los escalones, consolados por algunos de los mayores. Ya no importaba quién era de la casa de quién, pensó Remus mientras observaba la escena. Había un muchacho de Slytherin que consolaba a dos niñas pequeñas de Ravenclaw, y una chiquilla de Hufflepuff que trataba de convencer a un chico mayor de Gryffindor de que la herida que tenía en la rodilla se curaría pronto.
‘Ahí lo tenéis’ pensó con melancolía Remus ‘ahí tenéis vuestra unidad estudiantil’.
No pensaba contarle a nadie que había visto a Snape abrazando a Lily, que lloraba.










